De cuándo recibíamos postales en verano

Este año he vuelto a veranear como antaño, como cuando era pequeño y pasaba las semanas en Altea, el viejo pueblo alicantino de casas blancas de donde era originario mi padre. Pero he cambiado la angostas subidas y bajadas de aquel rincón, los campos de naranjos y sus piedras de playa por la alta montaña en el Pirineo de Lleida.

Han pasado los años, pero algunas imágenes quedan allí, para siempre. Como la del portal de esta casa situada en un pequeño pueblo de la Vall Fosca, que reserva para el cartero un espacio central para meter allí las cartas. Pensaba yo en ello cuando esta mañana, vestido en pantalones cortos y camiseta y cuando el pueblo todavía no se había levantado de todo, venía de comprar el pan.

Seguramente ahora, esta ranura central del portal, donde todavía se pueden leer el nombre del inquilino, sólo engulle recibos de la luz, del agua, del gas y propaganda de algún que otro boletín en papel de ámbito local, que todavía se reparte gratuitamente, y claro, propaganda electoral cuando toca.

Lejos queda la época de las cartas y de las postales de verano. Cuando era niño recibir una postal, de algún familiar o amigo de colegio, era todo un premio, pero hacerse con una carta era un regalazo. Recuerdo que esperaba con ansia la llegada de la cartera, que, en ocasiones, al llegar a nuestro portal, como no teníamos ranura ni buzón, nos dejaba los mensajes en el suelo.

Entonces ni siquiera en sueños concebíamos que, algún día, tendríamos una red llamada Internet que nos conectaría entre todos en menos de un segundo.

No había posibilidades de participación, ni rankings de ‘me gustas’ ni de índices de interacciones, ni niveles de influencia, pero quien recibía una postal sabía que aquel que la había enviado, había tomado su tiempo para pensar en ello, escoger la imagen más adecuada, comprarla, pensar un texto, adaptarlo en el peor de los casos, adquirir un sello, buscar la dirección de destino, pegar el sello de sabor amargo y finalmente introducirla en el buzón.

Eran tiempos de comunicación 1.0, lejana ya en estos tiempos, pero seguramente también eran épocas de comunicación más sincera, reservada sólo para aquellos que dábamos valor al tiempo y a la espera, que, entonces, éramos prácticamente todos.

Carta abierta a la enfermera Aroa López

Querida Aroa,

Cuando el pasado jueves leí en el periódico que una supervisora enfermera del Hospital Universitari Vall d’Hebron de Barcelona sería la responsable de dar voz a todos los profesionales de primera línea en el funeral de Estado por las víctimas de la COVID19 empecé a sospecharlo.

Así que a primerísima hora te envié un whats preguntadote: ¿eres la escogida? Y tú simplemente me contestaste con un emoticono, jugando al despiste y haciéndome ver que no sabías de qué te hablaba. Pero no lograste disuadirme, por lo que cuando entré al trabajo sabía perfectamente que tú había sido seleccionada para la ocasión.

Saliste con paso firme y decidido hacia el atril desde el que ibas a iniciar tu discurso, sabiendo que llevabas una responsabilidad enorme en los hombros. Pero no te amedrentaste, ¡al contrario! Esto lo sabíamos los que te conocemos desde hace años. En tu carrera profesional, nunca te ha dado miedo aceptar nuevos retos, por más complicados que fueran. En ello ya apuntabas maneras cuando eras muy muy joven y tuve la ocasión de empezar a contar contigo en algunos proyectos profesionales. Nunca tuviste un “no” como respuesta y cuando llegó el momento de separar los caminos, siempre observé, desde la distancia, como crecías como enfermera.

Lejos de mostrar ningún temor, te creciste al mostrar, con voz firme y contundente, los sentimientos que miles y miles de todos los profesionales de primera línea habéis experimentado durante estos meses de pandemia. Y como enfermera no desaprovechaste tampoco la ocasión para visibilizar lo que supone ser y sentirse parte de esta profesión. Lo hiciste de la siguiente manera:

“Ha sido muy duro, nos hemos sentido impotentes con una sensación brutal de incertidumbre y la presión de tener que aprender y decidir sobre la marcha. Hemos dado todo lo que teníamos, hemos trabajado al límite de nuestras fuerzas y hemos vuelto a entender, quizás mejor que nunca, por qué elegimos esta profesión -cuidar y salvar vidas-, aunque muchos compañeros tuvieron que dar su propia vida para ello.  Hemos cubierto las necesidades básicas y emocionales, hemos sido mensajeros del último adiós para personas mayores que morían solas escuchando la voz de sus hijos a través del teléfono, hemos hecho videollamadas, hemos dado la mano y nos hemos tenido que tragar las lágrimas cuando alguien nos decía: “No me dejes morir solo”. Hemos vivido situaciones que dañan el alma porque quién había detrás de los EPIs no eran héroes, éramos personas”.

Gracias, gracias, gracias, Aroa por poner palabras a la voz y a la fuerza de las enfermeras. El sábado leí un perfil tuyo que la periodista Cristina Sen escribió en La Vanguardia, con el título “Aroa López: el orgullo de ser enfermera”. Y ahora soy yo el que te dice a ti -y sé que sabrás perdonarme que lo haga público de esta manera-: Aroa, no puedo estar más orgulloso de ti.

Un abrazo

Josep

Se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes

 “Se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes”. Esta frase, que se atribuye al Filósofo de Güemes, un controvertido personaje mexicano del siglo XIX, se imputa a diferentes personas del municipio de Güémez en Tamaulipas, México, y adquiere todo su sentido en las últimas semanas.

Aparte de las pérdidas personales que hemos podido vivir últimamente, han fallecido recientemente personas con notoriedad pública que hace que hablar de la muerte y de sus vivencias sea algo más normal.

Las reflexiones y las frases recuperadas a través de los libros del escritor Carlos Ruiz Zafón, de entrevistas y monólogos ácidos de la actriz Rosa María Sardà o de los mensajes directos y sinceros del cantante Pau Donés ponen voz a muchos de nuestros pensamientos sobre la vida y la muerte.

“Remando contra la marea. Por todo lo que recibí ahora, sé que no estoy solo. Ahora te tengo a ti, amigo mío, mi tesoro. Así que gracias por estar, Por todo lo que recibí, estar aquí vale la pena. Gracias a ti seguí por tu amistad y tu compañía. Eres lo mejor que me ha dado la vida”. Esas son algunas de las frases centrales del tema ‘Eso que tú me das’, el último lanzamiento de Jarabe de Palo, el grupo que comandó con tantos éxitos Pau Donés.

Pau, Rosa María, Carlos, Federico, Isabel, Fernando, Pepa y muchos otros personajes célebres y anónimos nos han dejado tras luchar de manera incansable, pero también discreta, contra una enfermedad, cómo el cáncer, que desgraciadamente también afecta a muchas personas.

Es posible que algunos de nosotros tengamos familiares y allegados que hayan pasado por la misma experiencia.

Quienes son conscientes de que llegan al final de su vida, en ocasiones tras batallar contra esta enfermedad, tienen siempre algo en común: antes o después valoran lo importante que es disfrutar de los suyos, de los pequeños momentos, de las experiencias personales y de todo aquello que, al fin y al cabo, más importa.

En el pasado vivía la vida a toda velocidad, casi siempre en modo futuro, porque iba tan deprisa que era consciente de mi presente un tiempo después de que hubiera sucedido. Nos preocupamos mucho del trabajo cuando lo importante es vivir intensamente”, decía Pau Donés.

Se trata de algo que perciben los profesionales –enfermeras, médicos, auxiliares enfermeras o psicólogos- que acompañan a las personas en sus últimos momentos de vida. Ellos mismos nos lo cuentan.

El doctor Marcos Gómez, un referente en los cuidados paliativos, lo cuenta así: “Los pacientes nos van a enseñar a reorganizar nuestros valores, porque este enfermo, al final de su vida, nos va a mostrar su biografía, nos va a decir lo que le importa y lo que no. He acompañado a más de 20.000 pacientes y ni uno sólo al final echó de menos haber estado más horas en la oficina, o tener un apartamento más grande, o tener un coche más potente, ni uno. Todos han echado de menos no haber estado más tiempo con los niños, no haber visto crecer a sus hijos de otra manera, no haber sido más solidarios, no haber escuchado más a Mozart o a Bach, y eso nos lo transmiten los pacientes, y nosotros escalonamos nuestros valores gracias a lo que aprendemos de ellos

Y es que acompañar a un familiar o a un amigo al final de sus días es algo triste, impactante, desgarrador, pero también y ante todo es una gran lección de vida.

Poco a poco van pasando los días y pese a que la vida continúa y se va recolocando, ya nada vuelve a ser como antes, porque las experiencias pesan, pero también nos invitan a recordar que, pese a la vorágine del día a día, hay algo nunca deberíamos dejar de tener presente: debemos catar la vida hasta el final.

Despedirnos de ti, todo un privilegio

Despedirme de ti no ha sido fácil, nada fácil. Ni cuando el cáncer se fue apoderando vertiginosamente de ti, en el hospital, ni cuando poco a poco tu rostro se desdibujó para finalmente poder descansar en paz.

Jugar a fútbol de pequeño, pescar contigo en la playa de Altea, las copas de cava que no faltaban nunca en tus celebraciones, el día que me acompañaste al Institut Guttmann para asegurarte que yo volvía a trabajar como auxiliar, mis discusiones contigo en las barbacoas familiares, mis reflexiones, ya de mayor, para convencerte de algún cambio de hábito y tus “ya lo estudiaré”.

Miles de imágenes, que han formado parte de nuestra última película particular, y que me he visto obligado, de repente, a procesar en algo más de una semana, tras conocer tu diagnóstico.

En los tiempos que corren, estar a tu lado en el hospital, poder darte la mano, hablar contigo y acariciarte ha sido excepcional, como también lo ha sido poder despedirnos de manera muy muy íntima para darte tu último adiós.

Primero en el tanatorio y después al lado del crematorio de Montjuïc, donde a modo, casi de confesión, y antes de darte nuestro último aplauso, te pudimos leer esta carta, que escribió Gemma para ti:

Querido Fede,

 Hoy hablamos de ti, pero no con pena. Sencillamente hablamos de ti, de cómo nos has dejado, de tu sufrimiento en los últimos años, de tus cosas y de tus gustos, de lo que amabas y de lo que no, de lo que hacías y sentías.

 De tu vínculo con Altea, tu pueblo natal de casitas blancas y calles empredradas, del mar, de la Barceloneta, de cuando llevabas tupé, de la Coope y la Cova Fumada, de tu ware a ken, de cuando te juzgaban por ser el chulito del barrio, de tu elegancia al vestir y de cómo con tus artes acabaste enamorando a Carmen y de, como ella, te acabó cuadrando.

 Hablamos de Josep, de Jose, el noi, y del Àngels, la nena, la pequeña. De cómo te empoderabas ante Josep, para fingir lo que te preocupaba por dentro, y de cómo con Àngels te desmontabas un poco más.

 Hablamos de los míticos viajes a Altea, en verano, de la Carbonera, del blanquet, del carajillet, de tus años al frente de la tienda, los tiempos de las vacas gordas, de las flacas, del nacimiento de tus nietos, Alèxia y David. De como a él le enseñaste a cazar moscas, de como ella le enseñaste a pintar, y de cómo te convertiste en el yayo de las barbacoas y el organizador de los aguinaldos en Navidad.

 Hablamos de ti, de tus cuadros, de cómo nos acogiste a Antonio y a mí, desde el primer día, con tu calidez. De cómo te implicaste para hacer de manitas en el primer piso de Àngels y Antonio y de cómo te prestaste a pintarnos a Josep ya mí tu último cuadro, con el faro de Formentera, que, en nuestra casa, seguirá siendo nuestro guía.

 Paleta y pincel en mano. Nos has regalado una extrema sensibilidad, generosidad, proximidad, meticulosidad, una voz de radio, las palabras justas, las mejores tortillas de patatas del mundo y muchas, muchas pinceladas de creatividad y de intenso amor por Carmeta y los tuyos.

 Buen viaje, papa, yayo y Fede.

¡Papá, ha sido todo un privilegio tenerte como padre!

La mano amiga

Ante el dolor y el sufrimiento que estos días, por culpa del coronavirus, están viviendo el personal y las personas ingresadas en hospitales, atendidas en los CAP o que están en residencias, localizo en Twitter un mensaje de optimismo, un brote verde de esperanza. 

“Hoy hemos tenido en la UCI del Hospital Clínico el primer paciente extubado del coronavirus. El momento no ha podido ser más emocionante y una inyección de estímulo para seguir luchando por esto. Gracias al gran trabajo de los profesionales de la UCI”. 

Se trata de un tuit de una enfermera del Hospital Clínico San Carlos de Madrid que me ha trasladado a las palabras de una oncóloga del Instituto Catalán de Oncología, quien hace años, en un perfil que hacía de su profesión aseguraba: “He llegado a entender lo que se siente en la guerra, no estamos inmunizados ante el sufrimiento. Lo que nos aguanta sabes qué es? Pues el vínculo que se establece entre los profesionales. Son un poco aquello que los antiguos decían los compañeros de armas”. 

Médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, gerocultoras, personal de la limpieza, servicios de emergencias, trabajadores sociales, farmacéuticos, administrativos sanitarios, personal de la limpieza, de lavandería y de cocina (disculpen si me dejo a alguien), que siguen en primera línea se apoyan más que nunca para afrontar la situación, pues nada es fácil cuando el sistema está al borde del colapso y día a día ponen en riesgo sus vidas para cuidar y salvar a otros. 

Hay profesionales de la salud, especialmente enfermeras, que han sido formados para acompañar y cuidar hasta la muerte, pero aún así hay imágenes durísimas, dificiles de olvidar. 

“Ayer tuve que aguantar el teléfono en la oreja de un paciente mientras su hija se despedía de su padre. Duro, muy duro. Y está pasando. Quedaros en casa, por favor”. 

Un nuevo tuit de una enfermera del Hospital de Mataró (Barcelona), que me deja sin palabras, y que cuenta con la respuesta de la hija: “Creo que esta chica era yo. Gracias por lo que hiciste. Espero que esta pesadilla acabe pronto para todos. Te agradezco mucho lo que hiciste, no te lo imaginas”. 

Algunos ya han bautizado el coronavirus como el virus de la soledad, pues, por desgracia, quienes mueren lo hacen así, sin tener la mano, el abrazo y el tacto de sus familiares. Sin embargo, ante estas situaciones contamos con profesionales excelentes que suplantan por unos momentos la mano familiar para que la persona pueda morir en paz. 

¡Profesionales de la salud y del ámbito social, estos días sois más que nunca la mano amiga! Muchas gracias por todo. De corazón.