Esta semana se han celebrado los 25 años del atentado de ETA en Hipercor. Aquel 19 de junio de 1987 yo había finalizado mis estudios de enfermería, y junto con mis compañeros de promoción nos encontrábamos de viaje fin de curso. Cuando conocimos la noticia creo que todos los que vivíamos en la ciudad de Barcelona, buscamos una cabina telefónica para llamar a nuestras familias y asegurarnos que el destino no hubiese hecho que se encontraron en los alrededores. También era un verano en que las ofertas para trabajar como enfermero eran abundantes. Curiosamente, 25 años más tarde, todo ha cambiado mucho: hoy ya no utilizaríamos una cabina telefónica, las ofertas de trabajo entre las enfermeras están, por desgracia, bajo mínimos y eso macabros atentados, por suerte, ya no forman parte de nuestra retina.

Precisamente, esta misma semana he participado como ponente en una mesa redonda con el título “Enfermería civil y de la defensa ante una catástrofe”, organizada por la Dirección de Enfermería del Hospital de Sant Pau en Barcelona y por el Comité Organizador del 8º Congreso Nacional de Enfermería de la Defensa. El encuentro ha reunido a un grupo de enfermeras y enfermeros que hemos tenido la oportunidad de explicar nuestra visión sobre las diferentes actuaciones que, como profesionales, debemos tener en cuenta ante una catástrofe. Debido a mi actual ocupación profesional, he tenido la oportunidad de presentar los procesos de actuación de los servicios funerarios, en la mayoría de ocasiones olvidados a la hora de tratar este tema.

En mi intervención abordé la importancia de actuar de manera inmediata ante el proceso de duelo de los familiares de la victimas. Durante la preparación de mi presentación, tuve la ocasión de escuchar el testimonio sobrecogedor de Jordi Morales, un chico de 32 años que perdió a sus padres en el atentado de Hipercor aquel y que se quedó sólo en la vida, al cuidado de una abuela. Sus palabras sobre como recordaba aquellos días eran duras, pero más aterrador fue escuchar que desde su nacimiento y hasta los siete años, cuando mataron a sus padres, no tenía ningún recuerdo, y que no fue hasta sus 18 años que recibió ayuda psicológica. “Me siento sólo, terriblemente sólo. Tengo buenos amigos ahora, y si no fuese por ellos, no estaría donde estoy ahora”, añadía cuando explicaba su triste relato. Hoy, 25 años más tarde, también ha cambiado el soporte en el duelo a las personas que están pasando la experiencia más dura y triste de la vida: perder a un ser querido.

Los profesionales ponemos al alcance de la sociedad todos nuestros conocimientos, generados por nuestras experiencias personales y profesionales, para superar este proceso. Incluso me atrevo a decir que forma parte de nuestro deber profesional poner a disposición de los familiares todos aquellos recursos, sean públicos o privados, para que puedan iniciar de la manera más rápida posible el abordaje en la atención a su duelo. A su duelo, porque es único e irrepetible para esa persona, y para esa familia.

Written by Josep Paris