¿Cambiaste de acera el día que viste a alguien que estaba enfermo de cáncer? ¿Pasaste de largo el día que supiste que un allegado o conocido acaba de perder a su pareja o que, simplemente, le quedaba poco de vida? Seguro que alguno de nosotros nos pasó porque, en algún momento, por falta de valentía, no quisimos, no pudimos, no supimos hacerlo de otra manera.

Pensaba en ello hoy saliendo del cine y a propósito de Truman, la película de Cesc Gay, protagonizada por los enormes actores que son Ricardo Darín y Javier Cámara, dos amigos de juventud que vuelven a reencontrarse después de un tiempo de no verse debido a la distancia: uno vive en Madrid y otro en Canadá.

En un momento de la historia, puede que uno de los que más me conmovió, Julián, el personaje protagonizado por Darín, al darse cuenta que un compañero finge no haberlo visto, simplemente afirma: “No me quiso saludar porque huele la muerte”.

Unos minutos más tarde, prácticamente la misma escena, pero en otro restaurante, el mismo hombre, acompañado de Tomás (Javier Cámara), se reencuentra con otro amigo, esta vez alguien a quien un día engañó y traicionó. Y entonces los papeles se invierten. Julián trata de esconderse, mientras que el otro, ante su sorpresa, le da una gran lección: le saluda afectuosamente, da la cara y le confiesa que lo siente, que le sabe mal que esté pasando por esta mala situación.

Reflexionaba sentado en mi butaca ante la gran pantalla y me preguntaba: ¿Nos cuesta todavía hablar de la muerte? ¿Nos cuesta mirar de frente a aquel amigo que sabemos que no le queda mucho tiempo? ¿Evitamos hablar de cómo queremos morir? ¿Nos da miedo?

Puede que a algunos, un poco. Porque unos minutos después de esta escena del filme, muy recomendable por cierto, una pareja de mediana edad, se levantó de su asiento, cogieron los abrigos, y el bolso, ella, y simplemente se largaron de la sala. Puede que para ellos, sí, la muerte siga siendo un tabú.

Written by Josep Paris