Creer, quererse y crear. Estas son las tres claves para avanzar en la vida, para emprender, para dar un salto adelante, para crecer como personas pero también para desarrollarnos profesionalmente. No son pensamientos propios, sino expresiones sencillas pero contundentes usurpadas de la monja dominica contemplativa Sor Lucía Caram, a quien recientemente tuve el placer de volver escuchar.

Sor Lucía Caram, además de ser monja de clausura, es una mujer de acción que desde Manresa y a través de la implicación de todas las organizaciones, entidades, instituciones y personalidades que intenta atraer, busca desde hace años dar respuesta a las necesidades sociales de las personas que requieren de los servicios más básicos.  

Es una monja que no pasa desapercibida ni fuera ni dentro de la Iglesia, por su capacidad de despojarse de convencionalismos, pero también por su liderazgo y empuje. Pero por si algo sobresale también esta mujer es por su perspicacia y por la gestión de la oportunidad, habilidad que todos deberíamos aprender a desarrollar si de verdad queremos avanzar como personas y profesionales.

Pensaba yo en todo ello el otro día mientras escuchaba atentamente las tres palabras que esta mujer de acción nos trasladó a un grupo de enfermeras y enfermeras con ganas de cambiar el mundo profesional que nos reunimos en un encuentro organizado en el marco de las cenas-tertulias que celebra periódicamente la Societat Catalano-Balear d’Infermeria.

Con estos encuentros, esta sociedad científica pretende, desde una mirada distendida y tranquila, abordar cuestiones del día a día profesional, pero con voces expertas desde fuera del ámbito de la salud.

Sor Lucia Caram tiene la alta capacidad de poner altavoz a las necesidades de los más frágiles y convertir sus demandas en oportunidades de colaborar, que abre a todos aquellos que pueden o quieran colaborar, aunque no sean quienes más dinero tengan.

Brinda la oportunidad que personas de distintas procedencias e historias de vida crean en ellos mismos y en el proyecto que tiene en sus manos para ayudar a los demás. Porque ¿cómo se quiere ayudar a los demás si no nos queremos a nosotros mismos aunque sólo sea un poco? Y ¿cómo se puede crear proyectos colectivos si no creemos con nosotros ni tampoco con el resto de personas que nos acompañan en el camino?

Desde la vertiente enfermera también se gestionan oportunidades cada día y cada noche al lado de los pacientes y de sus familias, porque la profesión enfermera es una profesión de cuidados, que necesita creer y crear constantemente.

Por todo ello es absolutamente necesario que primero de todo nos valoremos por el trabajo que hacemos por las capacidades que podamos llegar a asumir, a defender y a poner en marcha y también que pongamos en valor todo lo que hacen nuestros colegas y compañeros para sumar fuerzas como equipo, al lado del paciente.

¿Pero nos ayudan las estructuras sanitarias a que esto sea así? ¿La realidad asistencial hace que podamos pararnos a aplicar esas tres palabras (creer, quererse y crear)? A veces sería necesario que todos los que trabajan en una organización, no sólo profesionales, sino también gestores, pudieran abstraerse por un momento de su día a día para tomar unos minutos para la reflexión, el intercambio y la auténtica comunicación.

No siempre ocurre así. Lo percibí hace semanas atrás en el servicio de urgencias de un gran hospital de Barcelona, en el que me pasé más de diez horas acompañando a un familiar. Era un viernes por la tarde, estábamos inmersos en pleno ascenso de la epidemia de la gripe y la sala de espera estaba llena, a reventar. En un espacio de poco más de 20 metros cuadrados, llegamos a convivir más de 30 pacientes y familiares.

Las idas y venidas de enfermeras, auxiliares, médicos, celadores y personal administrativo era constante. Los pacientes que estaban estirados en las camillas debían recoger al máximo sus brazos para no chocar con  paredes y puertas, pero a pesar de esa sensación claustrofóbica y de pseudocaos, la mayoría de los profesionales no perdían su compostura, ni lo más importante, no abandonaron su profesionalidad. Sin perder la sonrisa –¡cuánto ayudan las sonrisas cuando uno está enfermo!-, atendieron de la manera más humana y próxima que les fue posible.

Si algo queda claro es que la atención a las personas se ha salvado durante estos años de recortes en materia de salud, gracias a todos los profesionales que creen, se quieren y son capaces de crear.

Written by Josep Paris