Una tarde de viernes, 15 personas, muchos profesionales de la salud –enfermeras, médicos y trabajadoras sociales-, otros periodistas y también un profesional funerario. Todas han sido citadas en un tanatorio. Sólo saben que hablaremos entorno al hastag #hemosmatadoalamuerte, que en los últimos días se ha difundido por Twitter como la pólvora. ¿Qué va a pasar? Pasen y verán.

Entran, se sientan en las primeras filas de un oratorio, a la espera de que pase algo, pero los minutos pasan sin que ocurran, algunos se giran, esperando la respuesta de las cuatro enfermeras que hemos sido promotoras de la cita –Maite Castillo, María Zamora, Ester Risco, con el apoyo de un servidor-, hasta que se presenta el cortometraje La máquina del tiempo, que empieza a centrar el tema. ¿Entramos ya en el debate? Más silencio, más silencio, más silencio. ¡Qué incomodidad!

¿La muerte da miedo? ¿Cómo os aproximáis a ella? ¿Cómo la gestionas como profesional de la salud? ¿Y cómo mortal? ¿Os incomoda? Seguro que a muchos sí. Hablamos poco de ella, no nos damos tiempo para hacerlo, pero la muerte forma parte de la vida, porque lo único cierto es que morir morimos todos.

La idea de crear este espacio de reflexión y de intercambio de impresiones entorno al tabú de la muerte se fraguó unos meses atrás, cuando coincidimos en un congreso enfermero en Girona. Recuperamos la idea del Deathcafé, una iniciativa que desde hace años se celebra en varias ciudades del mundo, en el que un grupo abierto de personas se reúne entorno a la mesa de una cafetería para hablar de la muerte.

Pero nosotros decidimos ir más allá. Hablaríamos de la muerte en un espacio único, diferente, en un tanatorio, una de las estaciones en las que nuestros muertos van a parar cuando emprenden su último viaje. Y además lo difundiríamos a través de Twitter, con la intención de romper barreras, muros y acercar las personas.

El primero de los participantes empieza a tirar de la madeja y después uno tras otro nos vamos presentando. Algunas enfermeras y un médico, incitados por una de las periodistas, empiezan a relatar el primer paciente que se murió, pero entonces se empiezan a romper muros, porque hay alguien que relata experiencias íntimas y personales.

Como el de aquella madre, trabajadora social, a quien se le murió la hija en brazos de su otra hermana, porque así lo pidió. O aquel enfermero a quien se le acaba de morir alguien muy querido y que el día del tanatorio se hizo acompañar por su hijo de pocos años al tanatorio. ¿Cómo les vamos a negar o silenciar la muerte a los más pequeños? Es allí donde empieza todo.

Hay que aprender a gestionar las emociones con los niños, nos recuerda una pediatra, pero también no esconderlo con las personas mayores, aunque empiecen a desarrollar demencia o empiecen a hacer gala de episodios de extrema fragilidad.

Estamos inmersos en una sociedad cambiante, que corre rápido, que consume de forma vertiginosa, una sociedad de escaparate y de plástico y, a veces, habrá que aceptarlo, los profesionales de la salud, pero también los del sector funerario, aquellos más en contacto con la muerte, corremos el riesgo de convertirlo todo en un mero objeto.

Afortunadamente para muchas personas no es así. Lo cierto es que con la edad acabamos integrando el recuerdo y el legado de nuestros muertos para aprender a vivir, porque todos los días se aprender a vivir. Hasta el final.

Aquel viernes, empezamos a poner fin al #hemosmatadoalamuerte, que por unas horas se convirtió en trending topic. Al fin y al cabo somos los profesionales de la salud, que tocamos el fin de vida de manera tan cercano, quienes debemos ser el motor del cambio, para por fin dejar de matar a la muerte.

Written by Josep Paris