Hay días entre semana que suelo pasear, bien por trabajo o por placer, por el paseo de Gràcia de Barcelona, una de las calles más señoriales de la ciudad que me vio nacer. Entonces paso por delante del que fue tu despacho profesional y automáticamente giro el rostro hacia las escaleras situadas justo enfrente de aquella estación de tren en la que alguien te vio en tus últimos momentos de vida. Y me estremezco. 

Me informaron de tu muerte poco después de producirse. “Falleció de repente de un infarto”, comentaron los compañeros de profesión. Hacía años que no hablábamos, pero durante un largo tiempo solíamos reunirnos al menos una vez a la semana por motivos de trabajo. 

Aparentemente eras una persona distante, pero yo siempre tuve la sensación que ello respondía más a una reacción natural motivada por tu timidez. Nunca pensé que tras aquella mirada se escondiera un hombre vulnerable, aunque, al final, todos somos o podemos vivir momentos de vulnerabilidad extrema. 

Te fuiste un día de trabajo, antes de salir o entrar a tu despacho, y algo te empujó a desaparecer en las vías del tren. Tu decisión, tu suicidio, tu muerte real se escondió por parte de los más allegados, quienes públicamente callaron por respeto, por vergüenza, por no saber. Pero finalmente ellos también siguieron perpetuando el tabú. 

Un año antes de conocer tu muerte, un amigo mío había seguido tus mismos pasos. Pienso muchas veces en él, en cómo llegó a perder el control de la vida y fue deslizándose hasta el túnel que le llevó a acabar con todo. “Se arrojó a las vías del tren”, me comunicó su mujer pocas horas después del triste desenlace.

Desaparición, muerte repentina, muerte voluntaria. Estos son algunos de los términos que utilizamos socialmente, también los medios de comunicación, cuando simplemente queremos hablar de quitarse la vida, de suicidio. ¿Por qué no poner fin a ello no sólo para ayudar a las familias y amigos a superar y reconocer el doble duelo tras la pérdida de alguien por suicidio, sino para evitar o prevenir futuros casos?

En España, fallecen por cada suicidio el doble de personas que por accidentes de tráfico, 11 veces más que por homicidios y 80 veces más que por violencia de género. La OMS alerta de que las conductas suicidas ya son la primera causa de muerte entre los jóvenes. 

Y los expertos advierten de que hablar del suicidio no solo no lo fomenta sino que ayuda a prevenirlo. Más allá de la necesidad de que potenciar la formación de los profesionales de la salud para ayudar a detectar possibles conductas suicidas, este toque de atención nos implica a todos. 

El silencio mata. Dejar de matar al suicidio está en nuestras manos. ¿Hablamos de ello?

Written by Josep Paris