Warning: Illegal string offset 'face' in /home/catadevi/public_html/wp-content/themes/brixton/functions.php on line 325

Siempre te beso en la mejilla. Hasta hace pocos días era el único intercambio racional y aparente que teníamos y casi siempre me respondías con una repetición de pequeños besos. Ahora ya prácticamente ni respondes y hoy casi sin saber por qué he pensado poner mis labios en tu frente. Has cerrado los ojos y segundos después te ha resbalado una lágrima por la mejilla derecha.

Pocas expresiones me han conmovido tanto como ésta. En los últimos meses, he visto como te has ido deteriorando a marchas forzadas: los momentos de comunicación son ya prácticamente inexistentes. Ahora, si cabe, sólo te expresas con los ojos, con la forma de mirar. 

Segundos después de este instante me han venido a la mente, como si se tratase de uno de esos antiguos carretes de fotografías, imagénes, de las miles de veces, que seguro que como madre me habías besado en la frente, como demostración de cariño y, en cierto modo, de protección. “Definitamente, se está cerrando un círculo”, me he dicho.

Llevamos meses viendo como el maldito Alzheimer se ha llevado a la mujer que todos conocimos. Sin embargo, en ocasiones, contarte historias de nuestras vidas, ponerte alguna canción que han formado parte de tu historia personal, enseñarte alguna fotografia, cogerte de la mano o compartir silencios, muchos silencios, son una manera de vivir nuestro tiempo presente, sin importar quien habita ya en tu cuerpo.

Hace más de un año, en este mismo blog escribía un post, que bajo el título ‘Lo que queda de ella’, terminaba así: “Esta noche he salido triste, muy triste, aunque no más que en otros momentos desde que empezó todo. La pena, aunque yo no sea capaz de mostrarlo a quien me pregunta, me corroe un poquito por dentro. Ya casi no queda rastro de lo que un día fue esta mujer, mi madre. Sé que un día llamaré a mi madre por su nombre y ella me mirará con la mirada perdida y ya no podrá recordar el mío”

Ahora ya no recuerdas mi nombre, y aunque aparentemente no nos reconoces nos sigues con tu mirada por toda la habitación, como si quisieras compartir cualquier movimiento de los que hacemos. Y no se trata de ninguna mirada perdida, como en su momento pronostiqué, sino de una mirada intensa que parece querer ser un punto de unión entre tu mundo -puede que perdido- y el del resto de personas que estamos a tu lado.

Una buen amiga, médico de profesión me dijo hace tiempo que la enfermedad de Alzheimer es como si estuvieses bajando una escalera de un bloque de vecinos. Los peldaños siempre son de bajada, de vez en cuando te detienes en un rellano, no sabes exactamente cuánto tiempo, pero después, cuando renanudas la marcha, sigues bajando, sin posibilidades de volver a subirla. El problema es no saber donde esta el final de esta maldita escalera.

Por Gemma Bruna y Josep París

Hay personas que pocas veces sacan a relucir la vida vivida en las cuatro paredes de sus pisos y habitaciones porque en su interior desempeñan una tarea silenciosa, a veces sufrida, pero que seguro que les marcará su vida para siempre. Son aquellas personas que de un día a la mañana, sin previo aviso, se encontraron cuidando a un ser querido, en la mayoría de ocasiones sin haberlo escogido. Son personas cuidadoras, como los protagonistas del libro Cuídate. Quince historias personales de cuidadores (Plataforma Editorial), que acabamos de publicar con la periodista Gemma Bruna.

Decidimos dar voz a quince personas, todas ellas mujeres y hombres anónimos, que un día, de repente, sin haberlo escogido, se convirtieron en cuidadores, en la mayoría de casos de sus familiares. Algunos afrontaron esta nueva condición durante unos meses, otros durante algunos años, pero para muchos este hecho ha supuesto un giro absoluto en sus vidas. Desde que se convirtieron en cuidadores nada ha vuelto a ser como antes.

Sigue leyendo

Hoy le he pedido que escribiera su nombre y tras pronunciarlo sólo ha podido coger el bolígrafo, mientras mis dedos acompañaban los suyos, y trazar una línea débil y discontinúa en el papel en blanco. Después se ha quedado con la mirada perdida y los ojos casi cerrados mirando la mesa mientras movía el dedo índice como si fuera una estilográfica.

¿Queda algo de lo que fue mi madre? En algunos instantes sólo queda su sombra. El maldito Alzheimer se lo está comiendo todo. Tras el gesto de mi madre me he quedado cabizbajo y mi pareja ha tenido que salir de la habitación porque no ha podido contener la emoción. “Josep, tu madre ya no sabe escribir ni su nombre. ¿Qué queda entonces de su identidad?”, me dijo. A estas alturas ya nadie lo sabe.

Sigue leyendo

Primero fueron los comentarios reiterados, luego algunas pequeñas pérdidas de memoria, después las dificultades para poder mantener su ritmo habitual al andar. Hasta que le diagnosticaron lo que algunos ya nos temíamos. Hoy todavía participa en algunas conversaciones, aunque en ocasiones, se queda callada, con la mirada un poco perdida, como ausente.

Pese a su enfermedad, que anuncia que vendrán tiempos más duros, intenta, a pesar de todos los obstáculos, mantener su rutina de hacer ejercicio con sus piernas y de levantarse del sofá sin ayuda de nadie y mantenerse en pie. Es, ahora lo sé, su manera de reivindicar su autonomía, su personalidad, parafraseando sus palabras.

Sigue leyendo