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Silvia, Lidia, Montse, Cristina, Mónica, Silvia, Antonia, Anna, Katy, Sandra y tantos otros que aquel día no estábais porque os encontrábais lejos, porque nadie os avisó o porque nos hemos perdido el rastro. Los nombres de todos los que hace 25 años iniciamos un proyecto profesional, ilusionante, rompedor, innovador al lado de los nombres y apellidos de otras 100 personas ya mayores, la mayoría con problemas de autonomía, las que daban sentido a todo, y que todavía permanecen en mi recuerdo.

Hace algunos días, con motivo de la celebración de los 25 años del nacimiento de la residencia geriátrica Santa Rosa, en Mollet del Vallès (Barcelona) nos reencontramos para reconocernos mútuamente y para rememorar la fuerza de un proyecto que entonces diseñamos, iniciamos y pusimos en marcha todo un equipo de profesionales -enfermeras, médicos, auxiliares, cuidadoras, cocineras, personal de limpieza y de mantenimiento-.

Al entrar, las imágenes pasadas se agolparon en mi cerebro, como si se tratara de un viejo carrete de fotografías. Áquel abeto, ya enorme, que plantamos junto a Chema en la extensa entrada que daba la bienvenida en la residencia, el enanito de piedra con la risa burlona, que seguía allí, pese a lo que ha llegado a llover desde entonces.

“¡Han pasado muchas etapas, unas más buenas que otras, pero nunca cómo aquella!”, comentaban algunas excompañeras con los que compartimos días, horas, semanas y más de ocho años. Yo tenía 32 años y junto al gerente y a la directora enfermera del hospital en el que entonces trabajaba proyectamos en un fin de semana nuestro proyecto de residencia para presentarlo a concurso público. Y lo ganamos!

Fue entonces cómo tener un caramelo, un tapiz en blanco que con el equipo de profesionales inicial fuimos pintando, trabajando, arreglando día a día. Entre todos, teníamos la sensación de que estábamos poniendo en marcha algo nuevo, diferente, con ilusión, pasión, sin importar las horas invertidas, ni a qué hora entrábamos o regresábamos a casa.

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Aprendí de mi abuelo a distinguir el rape, el besugo, el lenguado, la maira, el boquerón, los calamares y las sepias. De pequeño, en el barrio de la Barceloneta, que me vio nacer, cuando regresaba a puerto siempre subía a verme al piso en el que vivía con mis padres con una bolsita llena de lenguado y gambas que había recogido entre sus redes. Mi abuelo era pescador, el patrón de la vieja “Pescadora”. 

Semanas después de aquella hepatitis que sufrí, una tarde de sábado, cuando yo ya vivía lejos de las calles húmedas pero también populares y cálidas de mi barrio natal, volví a casa de mis abuelos, en la Barceloneta. Creo que fue después de comer cuando le sobrevino el infarto.

Con 12 años de edad salí disparado hacia la calle para llamar a mi padre, que entonces estaba trabajando en la tienda de muebles de la que era propietario, desde el teléfono de la charcutería de al lado. No recuerdo quien llamó la ambulancia, pero sé que aquel día se salvó. 

Falleció diez días más tarde en el Hospital de Sant Pau de Barcelona y lo enterraron el 10 de agosto, el día que yo celebraba mi 13 aniversario. El día que yo recaía en la cama, nuevamente con hepatitis. 

© Rafael Trobat, 1997

¿Qué se esconde detrás de una imagen? ¿Qué historia sugieren los gestos de los personajes que un día, la mayoría de veces sin saberlo, se convierten en protagonistas del objetivo de un fotógrafo? ¿La imagen nos golpea, pero lo que perciben nuestros ojos y descodifica nuestro cerebro habla por sí sólo?

En esto andaba yo pensando el pasado fin de semana, tras visitar la muestra “Creadores de conciencia. 40 fotoperiodistas comprometidos” que hasta el próximo mes de febrero se puede visitar en Barcelona y que incluye las obras de reconocidos fotoperiodistas que con sus imágenes dan a conocer realidades inquietantes de países como Siria, Colombia, Venezuela o Egipto, así como situaciones que vimos en nuestro barrio o ciudad.

Mi pensamiento se originó a raíz de esta fotografía –que pueden ver en este mismo post-. Se trata de una imagen fuerte, que me golpeó por dentro: el cuerpo de una niña de corta edad estirado, casi como desvanecido por el dolor, encima de una lápida de la familia Lancero Solís. A poca distancia, quien parece ser el padre de la pequeña, con el rostro cansado, de quien parece estar profundamente afectado por la pérdida de un ser querido, se sitúa casi como reclinado encima de la cruz, observando la escena.

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Hoy le he pedido que escribiera su nombre y tras pronunciarlo sólo ha podido coger el bolígrafo, mientras mis dedos acompañaban los suyos, y trazar una línea débil y discontinúa en el papel en blanco. Después se ha quedado con la mirada perdida y los ojos casi cerrados mirando la mesa mientras movía el dedo índice como si fuera una estilográfica.

¿Queda algo de lo que fue mi madre? En algunos instantes sólo queda su sombra. El maldito Alzheimer se lo está comiendo todo. Tras el gesto de mi madre me he quedado cabizbajo y mi pareja ha tenido que salir de la habitación porque no ha podido contener la emoción. “Josep, tu madre ya no sabe escribir ni su nombre. ¿Qué queda entonces de su identidad?”, me dijo. A estas alturas ya nadie lo sabe.

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Primero fueron los comentarios reiterados, luego algunas pequeñas pérdidas de memoria, después las dificultades para poder mantener su ritmo habitual al andar. Hasta que le diagnosticaron lo que algunos ya nos temíamos. Hoy todavía participa en algunas conversaciones, aunque en ocasiones, se queda callada, con la mirada un poco perdida, como ausente.

Pese a su enfermedad, que anuncia que vendrán tiempos más duros, intenta, a pesar de todos los obstáculos, mantener su rutina de hacer ejercicio con sus piernas y de levantarse del sofá sin ayuda de nadie y mantenerse en pie. Es, ahora lo sé, su manera de reivindicar su autonomía, su personalidad, parafraseando sus palabras.

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