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A nuestra retina le llegan cada vez más imágenes impactantes de personas de todas las edades removiendo los contenedores de basura en busca de algún alimento “aprovechable” para llevarse a la boca, o de gente, también de todas las edades, orígenes y clase social, haciendo cola delante de los centros parroquiales en busca de azúcar, harina, arroz, pasta, aceite y legumbres. Y ese impacto, por desgracia, se está convirtiendo cada vez más en una costumbre.

El ascensor social y económico se ha parado. Hace tiempo que se paró y parece que, en algunos casos, está cayendo en picado. El alcance tan brutal que está adquiriendo esta crisis económica hubiera sido impensable años atrás. Lamentablemente está igualando, por abajo, a personas de distinta edad, espectro social, procedencia o formación.

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Nunca el funeral de un líder había acogido a tantos políticos de talantes distintos y personalidades de posicionamientos históricamente enfrentados. No recuerdo tampoco haber visto tanta emoción entre las personas que hoy se reunían en el estadio Soccer City de Johannesburgo para despedir a Madiba, quien durante los años 90 fue capaz de poner fin al apartheid que imperaba en su país.

Ante nuestros ojos de ciudadanos occidentales, seguramente algunos se han mostrado sorprendidos por las imágenes que nos llegaban a través de las conexiones en directo de los distintos canales de televisión. Miles de surafricanos coreando, cantando y bailando en homenaje y en recuerdo a su líder, a aquel Nelson Mandela, que finalmente condujo a la convivencia entre la población blanca y negra de su país.

¡Qué diferencia entre los rituales de aquí y de allá! En la mayoría de países africanos, especialmente los denominados países de África negra, las ceremonias de despedida no se traducen en expresiones de tristeza y recogimiento interior, algo que sí que marca nuestra tradición, especialmente marcada por la cultura católica.

Marta Rodríguez, una de las periodistas de Barcelona, que ya hace meses que vive en Sudáfrica, ofrecía el pasado viernes una conexión para la cadena televisiva Cuatro y se refería sobre ello en los siguientes términos: “A estas horas los sudafricanos prefieren cantar a llorar”.

Buen resumen para explicar un ritual y una forma de expresión que desde nuestro prisma podría vincularse más bien con la celebración por un exitoso resultado de un partido de fútbol y no por la ceremonia de despedida de un líder político tan estimado.

Al fin y al cabo quienes estos días han salido a las calles de Johannesburgo para dar su último adiós a Nelson Mandela lo han hecho con el ánimo de celebrar su aportación y su particular historia de vida, no su muerte. Definitivamente todavía tenemos mucho que aprender de ellos, aunque nos separen visiones y miradas culturales tan distintas.

Se llama Esperanza y proclamó estas palabras, que suenas tan duras, ante el público que asistía a la estrena del documental Supervivientes, dirigido por Itziar Bernaola y Pablo Ferrán. Fue con motivo del Día Internacional del Superviviente a la Muerte por Suicidio, que en Barcelona organizó el pasado 16 de noviembre la Asociación Después delSuicidio, una entidad que agrupa a personas afectadas por esta situación y que pretende romper el tabú de la muerte por suicidio.

Esperanza es una mujer de más de 70 años que ayer por la mañana, pese al viento y la lluvia que caía en Barcelona, decidió asistir al Hospital de Sant Pau para compartir un sentimiento todavía muy íntimo. Y tras iniciarse el debate con los protagonistas del documental, muchos de ellos familiares de personas que se suicidaron, decidió dar un gran paso.

Se levantó de entre las últimas filas de la sala de actos, cogió el micrófono y espetó: “Yo me suicidé”. Quienes estábamos allí, unos todavía impactados por el documental y otros con el dolor visible en el rostro –porque allí había dolor, mucho dolor-, nos quedamos atónitos.

Primero fueron la vivencias de la Guerra civil española, de los aviones que sobrevolaban la ciudad y de las bombas y el sufrimiento de no saber nada del padre y después cuando ya se casó fueron los más de 30 años de malos tratos que recibió de su ya ex marido. “Me tomé más de 200 pastillas porque lo que quería era desaparecer de todo aquello”, explicó.

Pese a que lo intentó no lo consiguió. Porque unos días después abrió los ojos y vio que estaba viva. “Decidí que había dejado de ser aquella Esperanza y que a partir de allí debía aprovechar la oportunidad y convertirme en una nueva Esperanza, más positiva y más abierta a ayudar a todos”, argumentaba.

Y creo que lo ha conseguido, porque ayer estaba entre todos nosotros, con la fuerza de alguien que, de algún modo, se esforzaba en darnos a entender que había elegido volver a nacer, pese a que su ex marido, tras el suicidio, le había advertido que le gustaba la antigua Esperanza, la más sumisa.

Esperanza, que con este paso no hace más que dar todavía más valor a su nombre, tuvo ayer la oportunidad de conocer, a partir del documental Supervivientes, pero también del debate que se celebró después de la emisión, el sufrimiento de los familiares, que lejos de juzgar la decisión de las víctimas, intentaron analizar las claves y los sentimientos que les llevaron a procesar todo aquello.

“He pedido a algunos de mis hijos que me acompañaran hoy en esta reunión, pero finalmente he venido sola. Creo que hoy, cuando vuelva a casa les preguntaré a cada uno de ellos: ¿Qué sentimientos tuviste cuando yo me suicidé? ¿Cuáles fueron vuestros pensamientos? ¿Y ahora?”

Las entidades de apoyo a los supervivientes a la muerte por suicidio consiguieron ayer un nuevo trofeo: romper una lanza para acabar con el estigma y la vergüenza que todavía rodean estas muertes. Al menos lo consiguieron con esta mujer. Queda mucho trecho por andar, pero ante todo hay mucha esperanza para conseguirlo.

Las banderas del ayuntamiento de Ciutadella de Menorca, situado muy cerca del paseo de Es Born, ondean, estos días, a media asta. Nada ni nadie ha quedado impasible ante la tragedia ferroviaria ocurrida en Santiago de Compostela y que ya se ha saldado con 78 muertos y un centenar de heridos.

La noche del 24 de julio, lejos de convertirse en la víspera de la gran fiesta de Galicia, fue seguida con angustia por aquellos que sabían de algún amigo o familiar que viajaba en aquel convoy. Pero para la gran mayoría el tiempo transcurrió pegado al televisor, a la radio y sobre todo al twitter, que cada segundo escupía los últimos acontecimientos, relatados por personas anónimas y periodistas, y daba muestras del sentir colectivo.

Los vecinos de la parroquia de Angrois, localidad por la que transcurría el tren que descarriló, fueron los primeros quienes, alertados por el fuerte estruendo, acudieron a sacar a los muertos y heridos del ferrocarril y bajaron mantas y agua para las víctimas. Los servicios de emergencias tardaron pocos minutos en llegar al lugar de la tragedia y toda Galicia respondió a los llamamientos para donar sangre. Las colas en los centros de transfusión no se hicieron esperar.

Enfermeras, médicos, algunos de ellos en paro, bomberos, preparados para iniciar una huelga que decidieron abandonar, peregrinos acabados de llegar a la plaza del Obradoiro se volcaron para ayudar a las víctimas, acudiendo a los hospitales. En muy pocas horas, los servicios públicos de la sanidad gallega pudieron dar por controlada la situación: traslado de los heridos, organización de un hospital de campaña, centralización de los canales de información y atención a las familias.

La respuesta de otros servicios, en cambio, brilló por su ausencia. Me sorprendió comprobar el menosprecio inicial de determinados canales de televisión por la nula cobertura informativa o por la falta de rapidez a la hora de informar de los acontecimientos. Con toda probabilidad, los recortes de periodistas en las redacciones, especialmente en los centros territoriales, se hicieron notar aquella noche, en la que la información se convertía, más que nunca, en un servicio público, de primera necesidad. Como alguien escribió acertadamente, la noche del 24 de julio, “los periodistas en paro dando cobertura en twitter y las redacciones vacías de periodistas”.

Pero las sorpresas no acabaron aquí. El perfil de twitter de Renfe tardó más de dos horas en actualizar la información e incorporar un tuit en el que daba a conocer el descarrilamiento del tren e incluía un teléfono de información para los familiares de las víctimas. A eso de se le sumó el garrafal error de Moncloa y de su gabinete de prensa, a quien el ‘corta y pega’ del comunicado de pésame le jugó una mala pasada.

Aquella noche, una vez más la sociedad civil se situaba al frente para dar respuesta a una catástrofe. Y se demostró la importancia de fortalecer los servicios públicos, precisamente en una época en la que se están adelgazando a marchas forzadas por los recortes y porque algunos cuestionan su existencia. Muchos profesionales hicieron valer su ética y responsabilidad profesional por encima de cualquier reivindicación laboral, contractual o económica.

Ahora, poco a poco las imágenes de la catástrofe irán desapareciendo de los informativos y especiales de los medios de comunicación. Y llegará lo más duro para los familiares, amigos y compañeros de las víctimas: proseguir con un proceso de duelo ante una muerte traumática e inesperada, en la que en ocasiones, se mezclaran momentos de irritabilidad, sensaciones de desapego con la realidad, o reproducciones mentales del accidente, todo ello propio de un estrés postraumático.

Los homenajes y los ritos de despedida, sean individuales o colectivos, aunque duros, jugarán un papel primordial en la elaboración del duelo. Decir adiós al ser querido, por muy doloroso que sea, ayudará a tomar contacto con la triste realidad y, por consiguiente, empezar a digerirla.
Habrá que enfrentarse con la ausencia del familiar y, en ocasiones, con el silencio de los más allegados. Porque ante el sufrimiento y la muerte, pese a formar parte intrínseca de la vida, tal vez el silencio será una de las respuestas a tantas preguntas sin respuesta. 

Hace pocos días salí de los cines Maldà de Barcelona con una pregunta que me martilleaba el pensamiento. Fui a ver el estreno de Piso compartido, un magnífico documental que, en primera persona, retrata el mundo de las personas sin hogar y su lucha diaria por dejar atrás la calle.

Este documental, producido por De tot arreu gracias a un proyecto de micromecenaje, retrata a un grupo de sin techo que después de su esfuerzo por dejar la calle acceden a un piso donde viven con otras personas en la misma situación. Este piso existe, se llama Llar Ronda y es de la Fundación Mambré, que, desde hace años, trabaja incansablemente a favor de la inclusión social.

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