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Este año he vuelto a veranear como antaño, como cuando era pequeño y pasaba las semanas en Altea, el viejo pueblo alicantino de casas blancas de donde era originario mi padre. Pero he cambiado la angostas subidas y bajadas de aquel rincón, los campos de naranjos y sus piedras de playa por la alta montaña en el Pirineo de Lleida.

Han pasado los años, pero algunas imágenes quedan allí, para siempre. Como la del portal de esta casa situada en un pequeño pueblo de la Vall Fosca, que reserva para el cartero un espacio central para meter allí las cartas. Pensaba yo en ello cuando esta mañana, vestido en pantalones cortos y camiseta y cuando el pueblo todavía no se había levantado de todo, venía de comprar el pan.

Seguramente ahora, esta ranura central del portal, donde todavía se pueden leer el nombre del inquilino, sólo engulle recibos de la luz, del agua, del gas y propaganda de algún que otro boletín en papel de ámbito local, que todavía se reparte gratuitamente, y claro, propaganda electoral cuando toca.

Lejos queda la época de las cartas y de las postales de verano. Cuando era niño recibir una postal, de algún familiar o amigo de colegio, era todo un premio, pero hacerse con una carta era un regalazo. Recuerdo que esperaba con ansia la llegada de la cartera, que, en ocasiones, al llegar a nuestro portal, como no teníamos ranura ni buzón, nos dejaba los mensajes en el suelo.

Entonces ni siquiera en sueños concebíamos que, algún día, tendríamos una red llamada Internet que nos conectaría entre todos en menos de un segundo.

No había posibilidades de participación, ni rankings de ‘me gustas’ ni de índices de interacciones, ni niveles de influencia, pero quien recibía una postal sabía que aquel que la había enviado, había tomado su tiempo para pensar en ello, escoger la imagen más adecuada, comprarla, pensar un texto, adaptarlo en el peor de los casos, adquirir un sello, buscar la dirección de destino, pegar el sello de sabor amargo y finalmente introducirla en el buzón.

Eran tiempos de comunicación 1.0, lejana ya en estos tiempos, pero seguramente también eran épocas de comunicación más sincera, reservada sólo para aquellos que dábamos valor al tiempo y a la espera, que, entonces, éramos prácticamente todos.

 “Se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes”. Esta frase, que se atribuye al Filósofo de Güemes, un controvertido personaje mexicano del siglo XIX, se imputa a diferentes personas del municipio de Güémez en Tamaulipas, México, y adquiere todo su sentido en las últimas semanas.

Aparte de las pérdidas personales que hemos podido vivir últimamente, han fallecido recientemente personas con notoriedad pública que hace que hablar de la muerte y de sus vivencias sea algo más normal.

Las reflexiones y las frases recuperadas a través de los libros del escritor Carlos Ruiz Zafón, de entrevistas y monólogos ácidos de la actriz Rosa María Sardà o de los mensajes directos y sinceros del cantante Pau Donés ponen voz a muchos de nuestros pensamientos sobre la vida y la muerte.

“Remando contra la marea. Por todo lo que recibí ahora, sé que no estoy solo. Ahora te tengo a ti, amigo mío, mi tesoro. Así que gracias por estar, Por todo lo que recibí, estar aquí vale la pena. Gracias a ti seguí por tu amistad y tu compañía. Eres lo mejor que me ha dado la vida”. Esas son algunas de las frases centrales del tema ‘Eso que tú me das’, el último lanzamiento de Jarabe de Palo, el grupo que comandó con tantos éxitos Pau Donés.

Pau, Rosa María, Carlos, Federico, Isabel, Fernando, Pepa y muchos otros personajes célebres y anónimos nos han dejado tras luchar de manera incansable, pero también discreta, contra una enfermedad, cómo el cáncer, que desgraciadamente también afecta a muchas personas.

Es posible que algunos de nosotros tengamos familiares y allegados que hayan pasado por la misma experiencia.

Quienes son conscientes de que llegan al final de su vida, en ocasiones tras batallar contra esta enfermedad, tienen siempre algo en común: antes o después valoran lo importante que es disfrutar de los suyos, de los pequeños momentos, de las experiencias personales y de todo aquello que, al fin y al cabo, más importa.

En el pasado vivía la vida a toda velocidad, casi siempre en modo futuro, porque iba tan deprisa que era consciente de mi presente un tiempo después de que hubiera sucedido. Nos preocupamos mucho del trabajo cuando lo importante es vivir intensamente”, decía Pau Donés.

Se trata de algo que perciben los profesionales –enfermeras, médicos, auxiliares enfermeras o psicólogos- que acompañan a las personas en sus últimos momentos de vida. Ellos mismos nos lo cuentan.

El doctor Marcos Gómez, un referente en los cuidados paliativos, lo cuenta así: “Los pacientes nos van a enseñar a reorganizar nuestros valores, porque este enfermo, al final de su vida, nos va a mostrar su biografía, nos va a decir lo que le importa y lo que no. He acompañado a más de 20.000 pacientes y ni uno sólo al final echó de menos haber estado más horas en la oficina, o tener un apartamento más grande, o tener un coche más potente, ni uno. Todos han echado de menos no haber estado más tiempo con los niños, no haber visto crecer a sus hijos de otra manera, no haber sido más solidarios, no haber escuchado más a Mozart o a Bach, y eso nos lo transmiten los pacientes, y nosotros escalonamos nuestros valores gracias a lo que aprendemos de ellos

Y es que acompañar a un familiar o a un amigo al final de sus días es algo triste, impactante, desgarrador, pero también y ante todo es una gran lección de vida.

Poco a poco van pasando los días y pese a que la vida continúa y se va recolocando, ya nada vuelve a ser como antes, porque las experiencias pesan, pero también nos invitan a recordar que, pese a la vorágine del día a día, hay algo nunca deberíamos dejar de tener presente: debemos catar la vida hasta el final.

Ante el dolor y el sufrimiento que estos días, por culpa del coronavirus, están viviendo el personal y las personas ingresadas en hospitales, atendidas en los CAP o que están en residencias, localizo en Twitter un mensaje de optimismo, un brote verde de esperanza. 

“Hoy hemos tenido en la UCI del Hospital Clínico el primer paciente extubado del coronavirus. El momento no ha podido ser más emocionante y una inyección de estímulo para seguir luchando por esto. Gracias al gran trabajo de los profesionales de la UCI”. 

Se trata de un tuit de una enfermera del Hospital Clínico San Carlos de Madrid que me ha trasladado a las palabras de una oncóloga del Instituto Catalán de Oncología, quien hace años, en un perfil que hacía de su profesión aseguraba: “He llegado a entender lo que se siente en la guerra, no estamos inmunizados ante el sufrimiento. Lo que nos aguanta sabes qué es? Pues el vínculo que se establece entre los profesionales. Son un poco aquello que los antiguos decían los compañeros de armas”. 

Médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, gerocultoras, personal de la limpieza, servicios de emergencias, trabajadores sociales, farmacéuticos, administrativos sanitarios, personal de la limpieza, de lavandería y de cocina (disculpen si me dejo a alguien), que siguen en primera línea se apoyan más que nunca para afrontar la situación, pues nada es fácil cuando el sistema está al borde del colapso y día a día ponen en riesgo sus vidas para cuidar y salvar a otros. 

Hay profesionales de la salud, especialmente enfermeras, que han sido formados para acompañar y cuidar hasta la muerte, pero aún así hay imágenes durísimas, dificiles de olvidar. 

“Ayer tuve que aguantar el teléfono en la oreja de un paciente mientras su hija se despedía de su padre. Duro, muy duro. Y está pasando. Quedaros en casa, por favor”. 

Un nuevo tuit de una enfermera del Hospital de Mataró (Barcelona), que me deja sin palabras, y que cuenta con la respuesta de la hija: “Creo que esta chica era yo. Gracias por lo que hiciste. Espero que esta pesadilla acabe pronto para todos. Te agradezco mucho lo que hiciste, no te lo imaginas”. 

Algunos ya han bautizado el coronavirus como el virus de la soledad, pues, por desgracia, quienes mueren lo hacen así, sin tener la mano, el abrazo y el tacto de sus familiares. Sin embargo, ante estas situaciones contamos con profesionales excelentes que suplantan por unos momentos la mano familiar para que la persona pueda morir en paz. 

¡Profesionales de la salud y del ámbito social, estos días sois más que nunca la mano amiga! Muchas gracias por todo. De corazón. 

Una foto de un caldo humeante preparado para compartir, pero en este caso, no para la familia más próxima, sino para los médicos, enfermeras, auxiliares, celadores y mujeres de la limpieza con los que trabaja durante la noche o el Día de Navidad. Es la imagen que un enfermero de un centro de urgencias de atención primaria que abre las 24 horas ha colgado recientemente en su perfil de Twitter. 

Es la medianoche en Nochebuena y Fernando se apresura a recoger las hojas secas del arcen y de bolcar el contenedor de carton en el camión de la basura. Esta noche, como otras tantas -ya ni se acuerda- trabaja con su compañero de fatigas. Los dos tienen familia, pero ya se han acostumbrado a vivir otras Navidades. El trabajo es el trabajo y hay que llegar a final de mes. 

Mario vive cerca del Montseny y estas Navidades como casi todas las trabajará como camarero en el restaurante. Este año, para Navidad y Sant Esteve, las mesas están reservadas con meses de antelación por familias que se reencontrarán como mínimo una vez al año para compartir o rendir tributo a la tradición. A él le gusta trabajar los días señalados para poder disfrutar de la calma de hacer fiesta los días en que media humanidad sale apresurada de casa, para coger el metro, el tren, el coche, el bus y salir de camino a la oficina. Es su pequeño premio secreto.

Ana no acabó sus estudios, pero encontró una salida para trabajar que curiosamente le llena por dentro. Cuida a Berta, esta señora de 83 años que desde hace un par de años está ingresada en una residencia. La peina, la acomoda en la cama, da paseos con la silla de ruedas y le habla, aunque apenas la reconoce y no la entiende. Esta tarde de Navidad la pasará con ella, las dos solas en su habitación, después de que la familia le haya entregado los regalos en la visita de rigor.

Y así hasta el final. Joan, del cuerpo de bomberos, Fina, la mujer que levanta la panadería a las cinco de la mañana, Mario, el policía, Montse, la farmacéutica, Serafín, el piloto de avión, Mònica, la periodista, Sonia, que trabaja como voluntaria en el Teléfono de la Esperanza o Miquel, del cuerpo de seguridad.

Un crisol lleno de todos estos hombres y mujeres que hoy, mañana y pasado conforman la otra cara de la Navidad. ¡Felices fiestas a todos!

 

Diario SEGRE

A nuestra retina le llegan cada vez más imágenes impactantes de personas de todas las edades removiendo los contenedores de basura en busca de algún alimento “aprovechable” para llevarse a la boca, o de gente, también de todas las edades, orígenes y clase social, haciendo cola delante de los centros parroquiales o de ayuda en general en busca de azúcar, harina, arroz, pasta, aceite y legumbres. Y ese impacto, por desgracia, se está convirtiendo cada vez más en una costumbre.

El ascensor social y económico se paró ya hace un tiempo  y parece que, en algunos casos, está cayendo en picado. El alcance tan brutal que está adquiriendo las consecuencias de la crisis económica hubiera sido impensable años atrás. Lamentablemente está igualando, por abajo, a personas de distinta edad, espectro social, procedencia o formación.

Hace pocos días pensaba, ¿cómo reaccionarías si un día entre esas personas encuentras una cara conocida? ¿Cuál seria tu actitud si un antiguo colega de trabajo un compañero de infancia o juventud está entre esas personas? ¿Me acercaría a ella o daría media vuelta?

Probablemente a nivel global ya hemos empezado a responder a alguna de estas preguntas. Cada vez surgen más iniciativas solidarias de apoyo y cada vez hay una mayor respuesta, tanto a nivel de las aportaciones, económicas y materiales, como del número de personas que dedican una parte de su tiempo a ayudar a los demás.

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